Mostrando entradas con la etiqueta nostalgia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nostalgia. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de enero de 2018

Televieja



Desde que tengo uso de razón mi sitio estaba frente al televisor. El electrodoméstico más mágico que alguien creó para mi disfrute infinito. Cuando el calendario marcaba Navidad me informaba de los especiales de las cadenas y saltaba de unas a otras, para no perder detalle. Lo que entonces eran excesos y episodios memorables se han difuminado hoy a unos mínimos que no entiendo. Puede que el consumo sea menor y la fragmentación de audiencias haga demasiada pupa, pero el medio tiene que contagiar ilusión y apostar por formatos brillantes. Nada que ver con lo que nos han ofrecido estos días. Los enlatados y refritos eran un déjà vu constante, por mucho que adore a Raphael. El maltrato a la música es algo inaudito en nuestra tele. Necesitamos recuperar los directos a lo grande, como está haciendo OPERACIÓN TRIUNFO o LA VOZ. Que los numerazos se llenen de lentejuelas y bailes espasmódicos. Es lo que ocurría en otras décadas, cuando se alzaba a los números uno del momento al primer plano y contagiaban con sus éxitos las noches festivas. Hoy, salvo honrosas excepciones como CACHITOS, en La 2, el recurso al karaoke zapeado resulta deprimente. Lo mismo con los ejercicios de humor, un bucle que aporta cero. Eso sí, aplaudo que HOMO ZAPPING se salte el protocolo y hagan unos gags para enmarcar. Con una realidad digital apabullante y nuevos modelos de narrativa, incluso caras que cuestionan lo establecido, es necesario apostar por otros esquemas de contar hasta los chistes.

Como amante del directo, aplaudo la decisión de Mediaset por colocar su locura salvamizada. En un contexto más propio del anuncio amodioso, Jorge Javier y los suyos fueron la perfecta proyección del surrealismo de cada casa. El especial que justificaban con videoclips con ‘famosos’ fue una excusa, sin más. Apenas dieron bombo a esa parte del autotune y se limitaron al ejercicio de ser ellos mismos. Quizá demasiado. Especialmente en el post-uvas, cuando el presentador se despelotó e hizo un espectáculo digno del mayor cuñadismo televisivo. Si araña share, ¡bienvenido 2018! Quizá yo no viera la gracia a su ego cantado y los pantalones por el suelo, pero seguro que sus espectadores agradecían el gesto ‘espontáneo’. La competencia prefería a una Chenoa más triunfal que nunca, justificando contrato de exclusividad en un pase a vídeos muy ramplón. En la pública José Mota engrosaba sus arcas con sus más de lo mismo, otra concesión absurda del ente.

Del capítulo Campanadas. Básicamente resaltar el evento Pedroche. Habría discusiones por el mando y decepciones cuando se abrió el abrigo rojo y se quedó en el mono de superwoman, tapando sólo sus desvergüenzas. Esas que su marido emplatará, un año más, para jugar al selfie tonto. Chicote al lado de la zapeadora era una ensalada mal aliñada. Nada que ver con el tándem Ramontxu-Anne, perfectamente engrasados. Él capeado y ella de rojo subido. Sobrios y encantadores, con alusiones a la triste realidad, amén de un guión que perfectamente podía ser de décadas pasadas. Sin faltar la conexión canaria, tan estrambótica que chirriaba, en comparación. Fieles a su reality, el quinteto salvador hizo de las suyas. Apelando a las emociones, los chismes y las puyas a Lydia Lozano. Demasiados egos a repartir el balconcillo, pero fieles a su identidad criticona. Quisieron llenar minutos con múltiples tramas, un ir y venir de tópicos que sobraban. El guiño a la audiencia y sus fotos del momento se quedó pobre. Bastante tenían con aguantar lloros y entender el surrealismo de plató. Me tranquilizó que Terelu come las uvas peladas y sin pepita, como yo. Demasiada telepromoción, mezclando la cebada con la cafeína y unos estilismos de relumbrón. Seguramente que el rédito del audímetro sea bueno. Aunque inferior al hito de JJ y la Esteban, logrando el mejor dato de las privadas, como bien se apresuró a recordar.

Los posteriores de madrugada fueron un triste inicio anual. La 1 con los simpares Eva González y Carlos Latre, con entradillas del pleistoceno. Los artistas no fueron de lo más top, ni el propio escenario, con apenas público de brilli-brilli. Nada que ver con la parodia de MI GRAN NOCHE, la película de Álex de la Iglesia, que supo recrear los contextos absurdos de una mítica Nochevieja. Antena 3 siguió refritándose sin pudor y Telecinco recuperó el concierto de Alejandro Sanz. Casi mejor que el desparrame del desdibujado José Luis Moreno. ¿Cómo se habrá ganado los cuartos el rumano/búlgaro/ruso de dos metros que hacía los teatrillos? Un misterio digno de Íker Jiménez. Como otros tantos que espero se resuelvan y acaben con renovar el espíritu catódico en un momento tan singular. ¡Feliz 2018! ¡Que la tele nos sorprenda… para bien!

# SÍ · Habrá quien esté pendiente de los primeros anuncios del año. En mi caso, no puedo evitar descubrir los avances de temporada. Por mucho que sepa qué novedades están al caer, es emocionante ver el compactado de programas, series y películas. ¡Tele-adicción!

# NO · Mi cruzada contra el más de lo mismo. Hay mucho talento que se merece un hueco. ¡Basta ya de repetir esquemas y caras!

martes, 24 de octubre de 2017

'OT' no cruza la pasarela



El tiempo vuela y, a la vez, los hábitos de consumo mediático. Hace dieciséis años nos enamoramos de unos jóvenes inocentes, que con mayor o menor talento artístico, representaban el sueño de vivir, en carnes propias, una auténtica OPERACIÓN TRIUNFO. El formato revolucionó por incluir la convivencia como elemento de enganche. Vivimos el día a día de los muchachos encerrados en la Academia, aplaudimos el rizo cerrado de Nina, los tonos en su sitio de algunos invitados, los romances (escondidos o no). Fue una gallina de los huevos de oro con discos que vendían como churros las grandes superficies. La élite musical protestó por la grandilocuencia de los recién llegados, pero la pataleta sirvió de poco. Lograron un éxito sin (casi) precedentes. La historia posterior es por todos conocida. Los golpes de realidad fueron desiguales, con la pobre Rosa como la peor parada del invento. Hace unos meses ella y sus compañeros se reencontraban ante la mirada millonaria de la audiencia. Entonces, sin haberse ejecutado la cobra, los mandamases pensaron que era buen momento para retomar el programa. Su paso por la privada del rosa chillón se quedó un tanto descafeinado cuando decidieron poner de presentadora a una Pilar Rubio, de lo más limitada. El caso es que anoche, salvando la introducción, llegó el momento de convocar ante el televisor a los más nostálgicos. Esos que se estudiaban las galas, incluso sumaban absurdeces del merchandaising. La campaña previa en redes, con visionados de la virginal edición, ha estado bien construida, aunque parece que ha sido insuficiente. El 19% de share en una noche de estreno así lo refleja. Sin duda, la duración eterna de esta noche debutante fue un lastre. Parecía que la competencia de última hora con LA QUE SE AVECINA podía serlo, pero se quedó en un segundo puesto, lejos de sus datos gloriosos.

El inicio en exteriores, con fallos de sonido y un Roberto Leal hecho un flan no era el impacto esperado en un resurgir. Quizá un guiño de los memorables Bisbal y compañía hubiera conectado con esa esencia de show emocional. Optaron por un fatídico vídeo de casting, eterno y a destiempo. ¿Nadie pensó en un punch que atrapara? Para cuando acabó el repaso a la selección más de uno había bostezado en bucle. Siempre con un pensamiento, el mismo que yo me repetía: «¡Nunca será igual!». Eso sí, me gustó el momento ascensor de la decisión final y me resultó curioso que eliminaran a la chica que podía recordar a Rosa, en versión ELECTRODUENDES. La comparación hubiera sido demasiado obvia. La cabecera muy neón y con la música original me gustó. Entonces entro ella. Mónica Naranjo. La mujer. La diva. La arista. La miembro del jurado. Su actuación grabada, pues una femme fatale como ella no se cambia en un pliqui y lo sabemos, fue un inicio bestial por la voz de la pantera de Figueres. Eso sí, estaba pasada de luces. Como su ídolo, esto fan, me despertó ganas de espectáculo. Otra cosa es que piense que era una concesión muy fácil el que ella abriera la noche. Lo suyo hubiera sido apostar por un nombre internacional que impulsara la máquina. La expectación por descubrir el plató dio paso a la decepción. En pantalla resulta más pequeño de los anteriores, especialmente el espacio reservado a las actuaciones. Mucho led y geometría, pero poca chicha escénica. El giro de las zonas de mesa y sofás se queda pobre. La muchedumbre de público está muy perdida, cuando podían sacar más partido a semejante gentío.  

Del triplete en juicio me quedo con el consejo de la Naranjo sobre el ego, precisamente viendo de su yoísmo, aunque es bueno que los chiquillos lo guarden en los bolsillos. Y sí, metió la pata y el colectivo que la aupó puso el grito en el arcoíris cuando heteronormalizó sus comentarios. El desconocido Ji-Joe se proclamó guardián de la música en sus intros tan poco naturales, mientras el hijo Raphael y Natalia Figueroa sacaba pelo en pecho. Sus comentarios técnicos fueron pedantes. Incluso el tono y los chascarrillos tan guionizados. Feo que se viera la cinta aislante que sujetaba sus micrófonos. El del maestro de ceremonias estaba en su sitio, pero él no siempre. Mejoró según pasaron las horas (¡qué remedio!) y desplegó buenas actitudes. Desde luego, hoy en día Carlos Lozano haría el ridículo. A todo esto, la primera actuación fue a las 23:00 horas y no nos tenían enganchados. Porque lo que habíamos visto de los aspirantes eran muchos derroches vocales y un buen rollo chirriante. Amén de unos estilismos horribles, de los que el equipo no quiso hacerse cargo al recalcar que los habían elegido ellos mismos. Eso sí, el del cuerpo de baile no fue mucho mejor. «¡Ya soy un triunfito!», gritó uno de los dieciocho, un gesto que sí remitía a eso que sabemos que fue algo histórico. Como habitual es que la mosca de la tele campe a sus anchas en los estudios, con manotazos en primer plano para aliviar su vuelo.

Las actuaciones fueron una mala madrugada de karaoke, con los temas elegidos por su enemigo. Más desafinados que Manel Navarro en su eurodrama. Lo del semitono por arriba de uno de ellos fue dantesco. En LA VOZ no pasan estas cosas y eso que sus audiciones están desnudas de opulencia. Reconozco que esta hornada tiene espontaneidad y muy fiel a diferentes estratos de la juventud. Los ensayos previos debieron ser insuficientes, tal y como han reconocido los profesores. La propia Noemí Galera les lanzó el zasca nada más llegar a su nuevo hogar y el primer visionado de debut ha sido grimoso.  Ni la pobre Rosa de España sirvió de revulsivo. Su discurso a trompicones era un lugar común de alguien que no abandona la mirada triste. Y qué decir del vestido de bodorrio con el que cantó su single. Fuera de contexto. El proceso de elección y duda fue algo pesado, como todo el desarrollo. Gracioso fue el desatino de Mario, uno de los perdedores, que repetía «¡Jolines, hay que tener de todo!». El carisma, muchacho, es insuficiente para cruzar la pasarela. Mucho tendrán que trabajar para que los telespectadores sientan esos vibratos, el color de sus voces y perdonen los falsetes. Yo, de momento, seguiré OTeándolo. 
                                                                                                                                                                   
# SÍ · Sin mucha parafernalia, con planos sencillos y declaraciones de intenciones. Así fueron las piezas que nos pusieron cara y nombres imposibles (muy de realities) a los cantarines.

# NO · Mucho anunciar la APP oficial para que fallara. Mala previsión.

miércoles, 13 de abril de 2016

‘El Caso’ es que me gusta



Estoy muy alejado de la programación de la televisión pública. Hace tiempo que no entiendo los criterios sin sentido, las decisiones políticas que han hecho que pierda objetividad, modernidad e innovación. Añoro los espacios de Santiago Tabernero, esos ALASKA Y…, tan bien guionizados por Paco Tomás y Félix Sabroso, rompedores, irreverentes, actuales. Como mucho salvo los OCHÉNTAME o VIAJE AL CENTRO DE LA TELE, porque su archivo es una mina. Muy recomendable volver a ellos, aunque sea A LA CARTA. Pero hace unas semanas, haciendo un zapping tonto, descubrí EL CASO, la nueva serie de la productora PLANO A PLANO, de César Benítez y Aitor Gabilondo. Había leído sobre ella, pero me daba, ciertamente, pereza. Así que no fue como con otros estrenos, que afilo el mando y la hora para no perder detalle desde el inicio. Aterricé sin querer en su primera historia y me quedé atrapado. Su factura está muy bien resuelta, ese aire vintage tan VELVET, aquí con intriga y un elenco actoral que, a mi juicio, supera al de Antena 3. Y eso que nunca he sido muy fan de Verónica Sánchez o el aquí enjuto Fernando Guillén Cuervo, pero dan una naturalidad entre decadente y chic a sus personajes, por no citar al resto de secundarios, muy realistas, acertados hasta en los pequeños detalles. Puede que ser periodista me conecte inconscientemente con lo que cuentan, aunque yo nunca he investigado sucesos de tal modo, sin escrúpulos y con una dosis de imaginación infinita. Esa María Casal ejerciendo de diva, esa trama gay (también muy VELVET) de dos chicarrones de amor a la contra (qué parejón el de Raúl Tejón y Marc Clotet), esa misma Natalia Verbeke divertida y perdida entre el ángel (que sube demasiado a los infiernos) y el demonio despreocupado, volcado en sus reportajes.

Me gusta que muestren cómo se maquetaba a la antigua, el sonido de las máquinas de escribir en plena inspiración periodística, la sobreimpresión en pantalla de los titulares impulsivos y amarillentos… Esta productora sabe lo que se hace, porque han dado a sus diferentes productos una personalidad muy concreta. Aquí las audiencias no acompañan, menos ahora con el titán de LA QUE SE AVECINA o el datazo de Cristiano Ronaldo y sus compañeros en remontada. Finiquitarán la temporada y seguramente la entierren en un cajón. Y a mi juicio será un error, porque TVE necesita series así, que derrochen autenticidad y hagan partícipe al espectador. Lo consiguió con LOS MISTERIOS DE LAURA, maltratada aquí y alzada en EE.UU. (soy fan de la versión americana con Debra Messing). No entiendo que retomen una segunda temporada de OLMOS Y ROBLES, flojita, flojita, y dejen en el camino historias como ésta. ¡Qué articulazo escribiría Margarita Landi! La recuerdo de niño en los platós, con todo su misterio. Pero aquí, en carne nostálgica con la maravillosa Salinas, esto quiero decir Blanca Apilánez, me parece un regalo para el teleadicto. En sus tramas hay romanticismo, pero con cuentagotas, saben dosificar el desarrollo argumental y cada caso consigue atrapar. Como el asesino múltiple del rosario que pulula entre los planos y vuelve del pasado para martirizar al bueno de Jesús Expósito. Mientras el atontado Peluso no se entera de nada, sólo de lo que le hace sentir la niña bien de aspiraciones escribanas. ¡Me encanta! Con ganas de leer el nuevo número. Y ya pueden matarse los vecinos de Montepinar, los vascos/andaluces condenados a entenderse o Pedroche Express, que no pienso faltar a la rotativa televisiva. Si me haces caso, da una oportunidad a la serie, ¡te gustará!

#SÍ · Las recreaciones de los asesinatos o sucesos fatales, con la pareja de protas observando el momento desde dentro, para escribir así una mejor crónica.

#NO · La interpretación de Antonio Garrido. Me gustaba más como presentador. Aquí está excesivo en su hijoputez, entiendo que por exigencias del guión, pero acaba resultando hasta paródico.